lunes , 21 septiembre 2020
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“Una palabra”, por Juan Arroyo.

Juan Arroyo nos sugiere que acompañenos la lectura de su texto con esta pieza musical

 

Aquel día, frío, muy próximo al invierno, amaneció con un sol amarillo e infantil muy arriba. Allí, el cielo trazó un camino aún por recorrer. Todas las palabras existentes se dieron cita entre nubes. Se miraban unas a las otras, ninguna de ellas decía nada. No sabían cómo ni por qué estaban allí. De pronto, como invitados inesperados a la reunión, fueron apareciendo, primero unos signos de puntuación sin apenas palabras que puntuar, después unas tímidas comillas miraban y buscaban la compañía de la diéresis, que se la veía más entera. Llegaron las preposiciones, y desde la “a” hasta la “tras”, guardaron un discreto silencio. Las consonantes se juntaban unas con otras. El diptongo pugnaba con el triptongo, sabiéndose vencido de antemano. Unos puntos suspensivos se cogieron de la mano con los de admiración y, entre paréntesis, saludaban y daban la bienvenida a las palabras que acudieron a ese encuentro. Todos; fonemas vocálicos, lexemas, conjunciones, adverbios, S.I.G.L.A.S., abreviaturas, corchetes, hiatos, un apóstrofo algo olvidado, alguna tilde diacrítica, las- - pausas, los signos de interrogación, los suspensivos,….…todos admiraban a las bellas palabras que aparecían con porte orgulloso. Verbos, adverbios… toda clase de ellas, una interdental, una fricativa, una silábica, una palatal, una alveolar, una africada, una lateral, una glotal…, todas se acomodaron y esperaron. Ninguna de ellas dijo nada, pero sabían que no estaban todas. Una, entre todas ellas, no se encontraba presente. No había asistido.

El sol seguía amarillo cadmio claro, las nubes con sabor a algodón, el cielo limpio y celeste. La quietud era total. Solo un minúsculo sonido sacó a las palabras de su ensimismamiento. Fue muy tenue, muy lejano. Allí abajo, donde las palabras se cruzan unas con otras, alguien, roto de dolor, derramó la primera, de un millón de lágrimas. En ese momento, las nubes se abrieron y apareció ella, la gran ausente; una labial, una bellísima y delicada labial con nombre propio: Marta.

Si alguna vez alguien acarició las palabras con la mayor dulzura y con todo el corazón, fue ella, Marta. Si hubo una embajadora de la palabra, fue Marta.

El cielo se ha llenado con sus tonos, su risa, con su corazón y hoy, debemos sentirnos más arropados que nunca, al saber, que por encima de todo, por encima de todos, allá arriba, entre las nubes, suena su preciosa su voz y hará que al recordarla, algo nos pellizque el alma y nos haga sentir afortunados por haber tenido la oportunidad de coincidir en el tiempo con un ser tan maravilloso como Marta García, nuestra Marta.

Siempre estarás en nuestro corazón. Nunca dejaremos de aprender de ti.

Gracias por tu luz.

Juan Arroyo

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